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BUENOS AIRES
1919
Derechos reservados.
Imp. de La Nación.—Buenos Aires
En los tiempos en que las ruecas zumbaban activamente en las granjas, en que las mismas grandes damas, vestidas de sedas y encajes, tenían sus pequeñas ruecas de encina lustrada, a veces se veía, ya sea en los caminos de los distritos apartados, ya sea en el seno profundo de las colinas, a ciertos hombres pálidos y enclenques que, comparados con las gentes vigorosas de los campos, parecían ser los últimos vestigios de una raza desheredada.
El perro del pastor ladraba furioso cuando uno de esos hombres de fisonomía extraña aparecía en las alturas, y su fisonomía extraña se destacaba negra sobre el cielo, en el ocaso breve del sol de invierno; porque, ¿a qué perro no incomoda una persona encorvada bajo el peso de un fardo? Y aquellos hombres pálidos rara vez salían de su aldea sin aquella carga misteriosa.
El propio pastor, bien que tuviera buenas razones para creer que la bolsa sólo contenía hilo de lino, si no largas piezas de lienzo tejidas con ese hilo, no estaba muy seguro de que aquel oficio de tejedor, por indispensable que fuera, pudiera ejercerse sin el auxilio del espíritu maligno.
En aquella época remota, la superstición acompañaba a todo individuo o a todo hecho un tanto extraño. Y para que una cosa pareciera tal, bastaba que se repitiera periódica o accidentalmente, como las visitas del buhonero o del afilador.
Nadie sabía dónde vivían aquellos hombres errantes, ni de quién descendían; y, ¿cómo podría decirse quiénes eran, a menos de conocer a alguien que supiera quiénes eran su padre y su madre?
Para los campesinos de antaño, el mundo, más allá del horizonte de su experiencia personal, era una región vaga y misteriosa. Para su pensamiento, que se había quedado estacionario, una vida nómada era una concepción tan obscura como la existencia, durante el invierno, de las golondrinas que volvían en primavera. Pero el extranjero que se establecía definitivamente entre ellos, si procedía de una región lejana, no dejaba nunca de ser mirado con un resto de desconfianza. Esta circunstancia hubiera hecho que las gentes no se sorprendieran absolutamente, en el caso de que cometiera un crimen después de largos años de conducta inofensiva, particularmente si tenía cierta reputación de instruido, o si demostraba cierta habilidad en un oficio.
Todo talento, ya sea en el uso rápido de este instrumento de difícil manejo, la lengua, ya sea en algún otro arte poco familiar a los campesinos, era en sí mismo sospechoso; las gentes honradas, nacidas y criadas bajo la vista de todos, no eran, por lo general, ni muy instruidas ni muy hábiles—por lo menos su ciencia no se extendía más allá de los signos del cambio del tiempo—, y los medios de adquirir rapidez o habilidad en un arte cualquiera eran tan desconocidos, que esos talentos parecían tener algo de sortilegio. De ahí que esos tejedores dispersos—emigrados de la ciudad al campo—, eran considerados durante toda su vida como extranjeros por sus vecinos campesinos, y contraían generalmente los hábitos excéntricos, inherentes a una existencia solitaria.
En los primeros años del siglo pasado, uno de esos tejedores, llamado Silas Marner, ejercía su profesión en una choza construida de piedra, situada en medio de cercos de avellanos, cerca de la aldea de Raveloe, y no lejos de los bordes de una cantera abandonada. El ruido vago de su telar, tan diferente del trote natural y alegre de la máquina de cerner o del ritmo más simple del trillo de mano, ejercía un encanto casi terrible sobre los chicos de Raveloe, que con frecuencia dejaban de ir a recoger avellanas o buscar nidos, para ir a mirar por la ventana de la choza. El movimiento misterioso del telar les inspiraba cierto temor respetuoso; sin embargo, ese temor era compensado por un sentimiento agradable de superioridad desdeñosa que sentían, burlándose de los ruidos alternados de la máquina, así como del tejedor, cuya actitud se parecía a la del preso empleado en el molino de la disciplina.
A veces sucedía que Marner, al detenerse para arreglar algún hilo irregular, notaba la presencia de los chicuelos. Aunque fuera avaro de
Quizá les habían oído decir a sus padres, a medias palabras, que Silas Marner podía curar el reumatismo si quería, y agregar, más misteriosamente aún, que, si se sabía captarse a aquel diablo, podía evitar los gastos de médico.
Tales ecos extraños y retardados del antiguo culto del demonio podrían ser notados todavía en nuestros días por quien escuchara hablar a los campesinos de cabellos blancos; porque el espíritu inculto asocia difícilmente la idea de poder con la bondad.
La concepción obscura de un poder del que se puede conseguir, mediante mucha persuasión, que se abstenga de hacer daño, es la forma que el sentimiento de lo invisible crea más fácilmente en el espíritu de los hombres que han estado siempre más urgidos por las primeras necesidades, y cuya vida de duro trabajo no ha sido nunca iluminada por el entusiasmo de ninguna fe religiosa.
El dolor y el infortunio ofrecen a esas gentes un dominio de posibilidades mucho más vasto que el de la alegría y el placer; el campo de su imaginación es casi estéril en imágenes que alimenten los deseos y las esperanzas, mientras que está cubierto de recuerdos que son el eterno pasto del temor. «¿No existe alguna cosa que os agradaría comer?», le preguntaron a un viejo campesino que estaba muy enfermo y que había rechazado todos los alimentos que su mujer le había ofrecido. «No—contestó—, nunca he estado acostumbrado más que al alimento ordinario; y ya no lo puedo comer.» Su género de vida no había despertado en él ningún deseo de evocar el fantasma del apetito.
Y Raveloe era un lugar en que muchos antiguos ecos se habían retrasado, sin que los ahogaran las voces nuevas. No es que fuera una de esas parroquias estériles, relegadas en los confines de la civilización, en las que vivían los flacos carneros y escasos pastores. Por el contrario, era una aldea situada en la rica llanura central del país que nos complacemos en llamar la Alegre Inglaterra, en la que había granjas que, consideradas del punto de vista espiritual, pagaban al clero diezmos muy deseables. Pero estaba situado en una hondonada tranquila y poblada de bosques, a una buena hora de todo camino para jinetes, en un sitio a que no podían llegar ni los toques del cuerno de la diligencia, ni los ecos de la opinión pública.
Era Raveloe una aldea de aspecto importante, en el corazón de la cual se alzaban una bella y antigua iglesia, con un vasto cementerio, así como dos o tres grandes edificios construidos de piedra y ladrillo, cuyos techos estaban adornados con veletas y los huertos bien cercados de paredes. Esas habitaciones estaban situadas junto al camino, y sus fachadas se erguían con más majestad que el presbiterio, cuya cima emergía en medio de los árboles, del otro lado del cementerio. Raveloe era una parroquia que indicaba en seguida la categoría de sus principales habitantes. Informaba al ojo experimentado que no había gran
Lo propio pasaba con su modo de vivir; no invitaba nunca a nadie a que salvara su umbral, y no salía nunca a vagar por la aldea para beber un jarro de cerveza en la taberna del Arco Iris o charlar en casa del carretonero.
No buscaba nunca a hombre ni a mujer como no fuera para las necesidades de su profesión, o a fin de proporcionarse lo que necesitaba, y las mozas de Raveloe pronto se persuadieron de que jamás obligaría a ninguna a casarse con él contra su voluntad, tal cual si las hubiera oído declarar que no se casarían nunca con un muerto resucitado.
Esta manera de considerar la persona de Marner no era otro motivo que la palidez de su rostro y sus ojos singulares, porque Jacobo Rodney, el matador de topos, afirmaba lo que sigue: Una tarde, al volver a su casa, había visto a Silas apoyado contra una cerca, con el pesado fardo al hombro, en lugar de colocarlo sobre la cerca, como hubiera hecho un hombre que estuviera en su juicio; después, al acercarse, vio que los ojos del tejedor estaban inmóviles como los de un muerto; en seguida le habló, lo sacudió y notó que sus miembros estaban rígidos, y que las manos apretaban el saco como si fuesen de hierro; pero, precisamente en el momento en que acababa de convencerse de que Marner estaba muerto, éste recobró sus sentidos, le dio las buenas noches y se marchó.
Rodney juraba que había sido testigo de todo esto; y era tanto más creíble cuanto que agregaba que la cosa había sucedido el mismo día en que había ido a cazar topos en la sierra del squire Gass, allá cerca del viejo foso de los aserradores.
Algunas personas decían que Marner debía haber tenido un «ataque», palabra que parecía explicar cosas de otro modo increíbles; pero el señor Macey, gran argumentador y chantre de la parroquia, sacudía la cabeza con incredulidad, y preguntaba si se había visto nunca a nadie perder sus facultades sin que rodara al suelo. Un ataque era una parálisis, no cabía duda, y era propio de la parálisis privar en parte a un individuo del uso de sus miembros, quedando a cargo de la parroquia, si no tenía hijos para ir en su ayuda.
No, no; una parálisis no deja a un hombre firme sobre las piernas, como un caballo entre las varas de un carro, ni le dejaría luego marcharse, así que se le pudiera decir «¡arre!» Pero quizá hubiera algo así como que el alma del hombre, que se librara del cuerpo, saliera y entrara, lo mismo que un pájaro que sale y vuelve a su nido. Así era como las gentes se volvían muy instruidas, porque libres entonces de su envoltura corporal iban a la escuela de los que podían enseñarles más cosas de las que sus vecinos podían aprender con ayuda de sus cinco sentidos y del
A ese temor vago debía Marner en parte el estar al abrigo de las persecuciones que su singularidad hubiera podido atraerle; pero más aún lo debía a una circunstancia particular. El viejo tejedor de Tarley, parroquia próxima a Raveloe, había muerto; por lo tanto, la profesión de Silas, cuando se estableció, hizo que fuera el bien venido para las más ricas señoras de los alrededores, y aun para las campesinas más previsoras, que tenían, al fin del año, su pequeña provisión de hilo.
La utilidad que le reconocían, hubiera neutralizado toda repugnancia o toda sospecha a su respecto, que no fuera conformada por falta en la calidad o cantidad del tejido que les hacía.
Transcurrieron los años sin producir ningún cambio en la impresión que causara en los vecinos, a no ser el paso de la novedad a la costumbre. Al cabo de quince años, las gentes de Raveloe decían de Marner exactamente las mismas cosas que al principio; no las decían tan a menudo, pero creían tan firmemente en ellas cuando les acontecía decirlas. Los años sólo habían agregado un hecho importante, a saber: que maese Marner había juntado en algunas partes una bonita suma de dinero, y que si quisiera podría comprar los bienes de los que se daban más importancia que él.
Pero, mientras que la opinión pública había permanecido casi estacionaria a su respecto, y que los hábitos cotidianos no habían presentado cambios apreciables, la vida interior del tejedor había tenido su historia o su metamorfosis, como la vida interior de toda naturaleza ardiente, que ha buscado la soledad o que ha sido condenada a ella, debe tener necesariamente la suya. Su existencia, antes de su llegada a Raveloe, había estado llena por el movimiento, la actividad del espíritu y las relaciones íntimas que en ese tiempo, como en nuestros días, distinguían la existencia de un artesano incorporado desde temprano en una secta religiosa, de miras estrechas, en que el laico más pobre tiene probabilidades de hacerse notar por el talento o la palabra, y en la que por lo menos influye su voto silencioso en el gobierno de la comunidad.
Marner era muy estimado por aquel pequeño mundo que, para sus miembros, constituía el Patio de la Linterna. Se le consideraba como un joven de vida ejemplar y de una fe ardiente; y un interés popular se había concentrado siempre en él, después que en una reunión piadosa había caído en un estado misterioso de rigidez y de insensibilidad, estado en que había permanecido una hora o más, y que había creído fuera la muerte.
Si se hubiera tratado de darle a aquel fenómeno una explicación médica, aquello hubiera sido considerado por el mismo Silas, por el pastor y los demás miembros de la congregación, como un abandono voluntario del significado espiritual, que podía explicar el hecho. Silas era evidentemente un hermano elegido para un ministerio particular, y bien que los esfuerzos para interpretar su naturaleza fueran desalentados por la ausencia de toda visión espiritual durante su éxtasis exterior, sin embargo, creía como los demás que el resultado se manifestaba en su alma por un aumento de luz y de fervor.
Un hombre menos sincero que Marner se hubiera sentido tentado a crear en seguida una visión que tuviera apariencias de remembranza, y un espíritu menos sano hubiera podido creer en semejante creación. Pero Silas era a la vez sano de espíritu y honrado; sólo que en él, como en muchos hombres fervientes y sinceros, la cultura intelectual no había trazado un curso particular al sentimiento religioso, de manera que éste se esparcía por la vía reservada a la investigación y a la ciencia.
Había heredado de su madre un cierto conocimiento de las plantas medicinales y de su preparación, pequeño caudal de sabiduría que ella le había transmitido como un legado solemne. Sin embargo, desde hacía algunos años tenía dudas respecto al derecho de usar de aquella ciencia, creyendo que las plantas no podían hacer ningún efecto sin el rezo y que el rezo debía bastar sin las plantas; así es que sus delicias hereditarias de vagar por los campos para recoger la digital, el acónito y el mastuerzo, comenzaron a revestir ante sus ojos las formas de la tentación.
Entre los miembros de su iglesia se encontraba un joven algo mayor que él, con el que vivía desde hacía tiempo en una amistad tan íntima, que los hermanos del Patio de la Linterna tenían la costumbre de llamarlos David y Jonatás. El verdadero nombre de ese amigo era William Dane. El era considerado igualmente como un modelo de piedad juvenil, bien que estuviera dispuesto a mostrarse un tanto severo con los hermanos más jóvenes que él, y a deslumbrarse tanto con sus propias luces, que se creía más sabio que sus maestros.
Pero, sea cuales fueran las imperfecciones que otros descubrieran en William, en el espíritu de su amigo era perfecto, porque Marner era una de esas naturalezas impresionables y que dudan de sí mismas que, en la edad de corta experiencia, admiran la autoridad y se forman un apoyo en la contradicción.
La expresión de sencillez confiada de la fisonomía de Marner—expresión realzada por la ausencia de observación propia, por la mirada sin defensa, mirada de ciervo, que pertenece a los grandes ojos prominentes—formaba un contraste chocante con la represión voluntaria de la satisfacción interior, que se disimulaba apenas en los pequeños ojos oblicuos y en los labios contraídos de William Dane. Uno de los temas de la conversación más frecuente entre los dos amigos, era la certidumbre de esa salvación: Silas confesaba que no podía llegar nunca más que una mezcla de esperanza y de temor, y escuchaba a William con una admiración llena de deseo, cuando éste declaraba que había tenido siempre la convicción inquebrantable de su salvación, desde que en la época de su conversación, había soñado que las palabras «llamado y sin duda elegido» se presentaban ante sus ojos sobre una página blanca de la Biblia abierta. Diálogos así han ocupado a más de una pareja de tejedores, de rostro pálido, cuyas almas incultas parecían pequeñas criaturas recientemente aladas, revoloteando abandonadas en el crepúsculo.
Habíale parecido al confiado Silas que su amistad no se había enfriado, aun después que un nuevo afecto, de naturaleza más íntima, había brotado en su corazón.
Desde hacía algunos meses estaba comprometido con una joven sirvienta y
los dos no esperaban para casarse más que el momento en que sus
economías fueran bastante grandes. Silas tenía vivo placer en que Sara
no hiciera ninguna objeción a la presencia accidental de William durante
sus entrevistas de los domingos. Fue en esa época de su vida que tuvo
lugar el ataque de catalepsia durante la reunión piadosa. Entre las
preguntas y las muestras de interés que los miembros de la congregación
le dirigieron o le expresaron, sólo la opinión sugerida por William
estuvo en desacuerdo con la simpatía general, demostrada a un hermano
así elegido para un ministerio particular. Hizo observar que, a su
entender, aquel éxtasis más bien se parecía a una manifestación de
Satanás, que a una prueba del favor divino, y exhortó a su amigo a que
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